Muy buenos días. Que se nos acaba febrero y sus locuras. Que llega marzo y la época más estimulante del año, esa primavera florida que todo embellece (qué ganas, ganitas tengooooo). Que hoy cobramos la mayoría. Que mañana es fiesta, día de Andalucía. Que mañana se cumplen dos años de una disolución, un no aniversario. Que comienza el fin de semana. Y que muchas cosas más para estar alegres ce matin. Porque para estar tristes, madre mía, basta escuchar 5 minutitos el telediario o ojear el periódico desayunando. Y mientras mordisqueas la media integral de aceite, te enteras de esa mujer doblemente atropellada ayer por su ex marido. Ella, valiente, le había dejado. Él, cobarde, no la dejó que siguiera su camino. Mejor quitársela de enmedio, con ensañamiento, con alevosía. No sabeís la repulsión que me causa esta clase de sucesos. No puedo con ello, me dan ganas de verter en el retrete la RABIA que me provoca el saber de esa violencia sin sentido. ¿Cúando, cúando, cúando se acabará esta agonía? Por cierto, qué pronto nos acostumbramos al mal. La noticia ni siquiera es el titular del día del periódico de mayor tirada de la ciudad. Ahí lo dejo, como reflexión matutina.
Hablemos de otras cosas. Por ejemplo de una de las poquísimas ventajas que tiene trabajar en una agencia de viajes. De vez en cuando nos invitan a ágapes. El de ayer fue estupendo, tanto por el entorno (el Parador de San Francisco, en la calle Real de la Alhambra), como por los víveres que nos ofrecieron. Para los que no conocen Granada, os dejo unas fotos:
Os dejo ahora unas letras que me han surgido hace unos minutos, integral en mano. Un atisbo de algo. Quizás de algo de lo que deseo desprenderme desde hace dos años. Quizás el comienzo de un nuevo relato o, lo más seguro, el comienzo de un nuevo camino para mí:
Elena Ríos no creía en las señales. Pero el constante mordisqueo de la parte interior de sus labios, comenzado con frenesí justo al recibir la llamada de Javier, no le sugería ningún buen presagio.
Comprobó de nuevo que la mesa estaba impecable. El mantel bermellón con angelitos. Las servilletas a juego. Las velas, bien dispuestas al lado de cada comensal, es decir, de Javier y de ella. A la izquierda del cubierto punzante, un plato dorado ocupado con un par de chapatitas, el único pan que Javier amaba.
Elena estaba segura de que Javier amaba muchas cosas: la calefacción a diecisiete grados y ni uno más; el tomate cortado en tiras milimétricas y equidistantemente colocadas en el plato; los geles y champús con la tapa herméticamente cerrada; hacer el amor los martes por la mañana cuando, ya vestida, Elena se disponía a salir y mordisquearle los pezones con demasiada vehemencia. Por lo demás, Javier era una persona bastante simple, de esas a las que molesta que no se vuelva a congelar la comida descongelada. Te lo hace saber, claro, voz en grito, pero Javier es un tipo tranquilo. De esos que se enfadan si, con las prisas, Elena termina de maquillarse en el coche. De esos que consideran delito que las albóndigas en salsa de tomate se acompañen de simple arroz hervido. De esos chicos que enferman justo el día en que Elena tenía almuerzo con los compañeros de trabajo. Un personaje corriente, vamos.
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¡Buen fin de semana! Besos mil, Valeria



















