Nunca pensé, hace cosa de año y medio, que semejante cifra representaría los visitantes de mi blog, IoSonoValeria. Por aquí pasan amig@s, conocidos, escritor@s, familia, navegantes perdidos que buscan disfraces de abetos y hasta un novio de la adolescencia, jajaja.
No os puedo decir la razón exacta de porqué lo haceís. De porqué IoSonoValeria ha llegado a las cien mil visitas. Lo que sí os puedo decir es que me siento muy orgullosa y que, como siempre digo, este blog es tanto vuestro como mío. Me leeís, opináis y en infinidad de veces me habeís apoyado, mimado, ayudado.
A mí me gusta escribir. Me gusta leer. No he encontrado mejor forma de celebrar el éxito de IoSonoValeria con las letras de los muchos que pasaís por aquí. Doy inmensas gracias a todos los escritores/as que no han dudado en mandarme sus escritos, sus retoños literarios, cuando les he pedido una aportación para festejar este día.
Publico por orden alfabético las obras recibidas. Va por todos nosotros. Un beso enorme y mil gracias.
(Actualizo con la gentil aportación de Patricia Esteban)
LOURDES ASO TORRALBA
La leyenda
Cuando el alcalde se acercó al cañón, supimos que deberíamos convocar elecciones.
Estaba a punto de comprobar que dentro, había estado viviendo en silencio, alimentándose del oxido de la forjadura, una criatura capaz de acabar con todos nosotros. Al menos, eso decía la leyenda desde que se abandonara el castillo a su suerte y al cañón no se acercara ni el mismísimo Dios. El alcalde rió antes de meter la mano. Notó un frío extraño en la punta del dedo meñique. Lo vio convertido en oro. Lejos de extrañarse, continuo un brazo, el otro… No abandonó. Valoró el agujero de las partidas presupuestarias. Nosotros y el nuevo alcalde se lo agradecimos.
CARMEN CÓRDOBA
Pesadilla
Quiso despertar tan rápido que el vampiro pegado a su cuello fue incapaz de quedarse al otro lado.
ANABEL CORNAGO
Gemelas
Me puse las bragas con puntillas, el top y la falda del frufrú. Uno de los pendientes –no me gustaban demasiado- rasguñó mi oreja por las prisas. Los zapatos me calzaron como un guante. Tal y como había pensado al matarla, todo lo suyo me quedaba bien.
JOSÉ CRUZ CABRERIZO
Soberano
Grabé el mensaje con la punta metálica del compás, junto a la botonera del ascensor: “Abelardo tiene las orejas como Drácula”. Para que todo el mundo lo leyera. Aunque no estaba segura de que el aludido Abelardo conociera al conde, ni tampoco de que supiera leer. Pero por si acaso yo había tomado mis precauciones de amanuense y durante días ensayé las mayúsculas con un trazo impersonal que difuminara mi rastro. Cualquier jubilado ocioso del edificio podía convertirse en perito caligráfico de la noche a la mañana y llamar a la puerta de nuestro piso.
Abelardo era el portero de la finca. Mi hermano y yo teníamos que llamarlo “señor conserje”. Un metro cincuenta y cinco de payés chaparro y servil, dotado de unas orejas picudas (y afiladas), que captaban los chismes y las conversaciones más secretas. El hábil adulador maestro de la puñalada trapera siempre metía sus dedos ceporrones en nuestras llagas, en las heridas de los hijos del tercero segunda, ángeles caídos en el pozo inmundo del quiero y no puedo, mártires atormentados por la estrechez de un abrigo con demasiado tiempo a sus espaldas, un cilicio que comprime los sobacos.
La nariz ancha como de boxeador le proporcionaba a Abelardo un olfato de hurón, pues siempre encontraba que el rastro de los pantalones caros de mi hermano arrancaba en casa de nuestros afortunados primos del cuarto primera. Era un perro de presa que también olía el coñac de mi padre.
-El “Soberano” ya está arriba –al darnos la noticia los ojos se le empequeñecían como al chino malvado de una película que vimos, y luego lo certificaba con su gesto de empinar el codo-. “Brandy Soberano es cosa de hombres” –el muy cretino siempre nos tarareaba el lema publicitario.
Algún domingo de primavera nos preguntaba por cómo lo habíamos pasado en las atracciones del Tibidabo, aún a sabiendas de que no pisábamos por allí. Y siempre siempre fuimos los únicos a los que hizo limpiarse los pies en el felpudo de la entrada. Nos ordenaba restregarnos, con la teatral marcialidad de un cabo chusquero, con la mala uva de aquel falangista reconvertido en funcionario insignificante que una vez quiso cobrarle a mi madre un favor a un precio muy superior a su coste.
-No sabe usted con quien está hablando… Se le va a caer el pelo… De esta no lo libra ni su madre –yo ya le había contado a mi hermano lo del ascensor, y él paseaba erguido por la habitación, con el pecho sacado y la cabeza alta, haciendo equilibrios para que el lápiz que a modo de mostacho sostenía entre el labio superior y la nariz no se le cayera. Imitaba a cualquiera de nuestros dignísimos e ilustrísimos vecinos-. Localice usted al culpable –continuó- o despídase de esta portería.
Yo me revolcaba de la risa.
GINÉS CUTILLAS
Un pequeño problema
Dejé de usar reloj el día en que mi mano izquierda desapareció. Me costó mucho hacerme a la idea de su pérdida pero pensé que la mano derecha sería suficiente para los quehaceres diarios.
Más complicada fue la desaparición de las rodillas, pues aunque los pies seguían estando allí, no existía nexo alguno con el resto del cuerpo, así que tuve que abandonarlos en el zapatero. El sitio más lógico que supe encontrar.
El día que desperté sin cadera, me planteé ir al médico. Éste no encontró explicación alguna a lo que me estaba ocurriendo. Analgésicos y descanso fueron sus consejos.
Pero no funcionaron.
A la cadera le siguieron el brazo izquierdo, el torso, la espalda y los hombros. Lo que provocó la caída del brazo derecho que aún desembocaba en mano. Él solito reptó hasta el zapatero y se metió dentro, supongo que por aquello de no sentirse solo.
Y allí estaba yo. Con la cabeza y el cuello pegado al suelo cual seta silvestre.
Lo último que acerté a pensar, antes de desaparecer completamente, fue: “Quizá ella me esté olvidando”.
ESTEBAN GUTIÉRREZ GÓMEZ
¿Algo que declarar?
Ella tenía los ojos verdes. Me miró mucho antes de que llegase mi turno. Yo aparentaba estar relajado, respirando con el estómago, intentando controlar la sudoración.
Tenía los ojos verdes y la cara morena de virgen limeña. Paseaba aquella selva esmeralda por los rostros de la fila y se detenía en el mío. Pensé en Francis: el mar, una ola tras otra deslizándose sobre la arena, cada vez más despacio, el rumor del vaivén del agua que se apaga…
Llegó mi turno.
– ¿Algo que declarar? –me preguntó.
Tensé los glúteos e intenté sonreír. Agarré la bolsa de viaje y la dejé sobre el mostrador recordando de nuevo las palabras de Francis: No desvíes la mirada y di algo bonito.
–Te quiero –me oí decir, sorprendido de mí mismo, mientras hacía ademán de descorrer la cremallera de la bolsa.
Ella sonrió y me dejó pasar.
Cerca de la puerta, el ladrido de un perro cambió mi vida para siempre.
Aplastado contra el suelo giré la cabeza. Ella me contemplaba con un brillo salino en la mirada.
Cada noche lo recuerdo cuando se apagan las luces.
–Si tú supieras, “Ojos Verdes”, cuánto, cuánto, significas para mí.
PATRICIA ESTEBAN ERLÉS
Casa que huye
La vi mirarme a lo lejos, comprendí que algo raro había pasado. Ella llevaba puesto mi vestido rojo, yo su tejado. Echó a correr como una loca, feliz de ser tan liviana. No pude seguirla. Sus cimientos de doscientos años y el peso de sus vigas de roble me lo impidieron. Por el camino la vi descalzarse, la vi soltarse el pelo, decirme adiós agitando la mano. Aquella noche ya no regresó, y eso que estuve esperando hasta el alba, con la luz del porche encendida…
PERE HERRERO AMORÓS
Nada más abrir los ojos
Cariño se ha despertado fogoso esta mañana. Ya de madrugada cruzó sus pies con los míos bajo las sábanas y eso siempre es una señal. Hace un rato ha tosido un poco al darse media vuelta y ha colocado su mano sutilmente en mi regazo. Es un detalle que agradezco, porque en lugar de tomarme por las buenas ese gesto me anuncia sus intenciones, y es como si me pidiera permiso para obrar en consecuencia. Si entonces me giro de espaldas entenderá que no me apetece y seguirá durmiendo, tosiendo para ocultar su desengaño. Pero si permanezco inmóvil, su mano descenderá temblorosa hasta mis muslos, me subirá despacio el camisón y tentará mi sexo con la punta de los dedos, como quien pugna torpemente por meter la llave en una cerradura a oscuras. Es un tesoro y sabe cómo volverme loca. Así que ahora debo colgar. Una cosa es que mi marido haya quedado sordo y ciego tras el accidente, y otra muy distinta es que sea tonto. Cuando despiertes, escucharás este mensaje en tu buzón de voz y sabrás que he pensado en ti nada más abrir los ojos. Te deseo. Llámame después al móvil, o hazme una perdida.
CAROLINA MOLINA
Un leopardo en la habitación.
El leopardo me miraba desde un rincón de la alcoba. Jadeaba como un felino enfadado. Palpé sobre las sábanas un pequeño tronco de tilo y me pregunté si podría tirárselo para hacerlo huir. Era arriesgado, un solo ruido y lo habría estropeado todo. Pero la madera de la cama rechinó y un sonido metálico precedió a una luz. Apareció ella. Off. El leopardo dejó de jadear. ¡A dormir!, dijo. Me tapó con cierto cariño y yo me metí el dedo en la boca.
JOSE LUIS MUÑOZ
Elogio al whisky
Te quiero, botella de whisky, te quiero por tu forma, te quiero por tu etiqueta, cuando te abrazo, cuando te beso, cuando bebo de ti y te siento pasar a través de mi garganta, ardiente, cristalino, con ese amargor de madera de bosque americano impregnado de música country. Te quiero cuando mi chica me lo sirve, solo, con hielo, con ginger ale. Y ese ritual, alrededor de la mesa de la taberna inglesa: un trago, un cigarro, un beso, que se prolonga luego en su casa, y el cigarro entonces es un poco de chocolate mezclado con hebras de tabaco y los vasos de whisky continúan hasta la cama, y se alternan con los coitos suaves, entre canciones de Leonard Cohen y luego, tendidos uno al lado de otro, relajados, cigarrillos en los labios, más vasos de whisky, la botella vacía bajo la cama, el cenicero repleto de colillas humeantes, los vasos caídos que no desparraman ni una gota. Otro coito, otro vaso de whisky y unos besos de amor que se desparraman por su cuerpo tendido, que bucean entre sus piernas, en sus axilas, en sus deliciosos pechos que moldean mis manos. Y todo por ti, whisky, todo por tu delicioso néctar americano. A ti, whisky te debo mis momentos mágicos, mis sueños, mis huidas, mis mejores y más brillantes parlamentos, las páginas más brillantes, los instantes más divertidos, bajo tu influjo me he sentido inspirado, alegre o enloquecidamente triste, he olvidado o he revivido. Bajo tu influjo, whisky, yo te escribo. A ti, whisky, dedico mi vida, entrego mi muerte, que auguro será dulce, en el torbellino de una borrachera, entre piernas abiertas, flotando en el humo del chocolate, rodeado por los brazos de la mujer desconocida que si no existe la invento, gracias a ti, whisky.
ÁNGEL OLGOSO
La pesca
Cada vez que el artista -que ha renunciado a la luz del sol y malcome en su cuarto- acecha con renovada ilusión las ideas que se van formando bajo el cielo raso hasta gravitar como cautivadoras esferas evanescentes, hechas de pura limpidez, con algo de embrionario, de homúnculos que despiden su propia luz a medida que se vuelven tangibles y nítidos; cada vez que el artista se cerciora -por instinto- de su madurez, de su calidad perdurable; cada vez que levanta en el aire ese pequeño arpón que siempre le acompaña -semejante al bichero usado en las almadrabas para atrapar atunes- y, con brazo férreo, engarfia una a una las ligeras y resplandecientes ideas y las baja a tierra con gran cuidado; cada vez que el artista las deposita a sus pies y el sedoso contorno de aquellas esencias roza la nubecilla de polvo del suelo, tiznándolas invariablemente; cada vez que el artista las desprende con suma delicadeza y las toma al fin entre sus manos, no son ya sino algo sucio, marchito, mezquino.
JESÚS ORTEGA
El destino
Están los tres hermanos sentados a la mesa de la cocina, bajo la luz quieta de la tarde. Hace un rato que la familia dejó de comer y los padres están discutiendo a gritos en el salón. El hermano mayor y el mediano hablan con gravedad. Me gustaría escapar, dice el mediano. Sí, pero adónde, dice el mayor. No quiero ser como ellos, dice el mediano. Nunca seremos como ellos, replica el mayor. El pequeño, que parece abstraído con una miga de pan, se echa a reír sin venir a cuento (algo debe de haberle hecho gracia), y el mayor le sacude entonces una bofetada seca y violenta que le hace saltar las lágrimas de dolor y que casi lo tira al suelo. Se quedan callados los tres, mirándose con vergüenza, abrumados por una oscura culpa que no entienden.
FÉLIX J. PALMA
Adiós, Marcelo
Dado que todo el mundo me considera el mejor amigo del célebre actor Marcelo Feltrinelli,
a nadie le extrañará que me hayan encargado esta nota póstuma. Pero estoy seguro de que les
sorprenderá oír que desde hace exactamente diez años yo ya sabía que Feltrinelli acabaría
suicidándose en la ceremonia de los Oscar, tras haber recibido una estatuilla honorífica a toda
su carrera. Sabía incluso que lo haría ingiriendo cianuro, después de dedicar un brindis a la platea.
Y lo sabía mucho antes de que él mismo sospechara que acabaría matándose, en directo y con
smoking.
Podía intervenir el azar, por supuesto, y lograr con su mano de nieve que Marcelo descarrilara de
la vía que lo conducía lentamente hacia su destino. Pero en las obras de ficción los hechos
azarosos nunca son bienvenidos, y la vida de Marcelo hacía mucho que se había convertido en
una ficción gracias a mí.
Cuando Marcelo y yo nos conocimos a finales de los setenta los dos éramos un par de don nadies.
Él era un actor emigrado que daba tumbos por los escenarios más cochambrosos de Nueva York en
busca del papel de su vida y yo un aspirante a director que había conseguido un presupuesto
irrisorio para financiar su primera película. Por decirlo de forma poética: éramos como esos
elementos que al mezclarse por accidente dan como resultado un precipitado inesperado
destinado a revolucionar el mundo. Cuando acepté que aquel muchacho flaco y anguloso, como
tallado a navaja, fuese el protagonista de mi película, no estaba sino haciendo historia. El éxito
de nuestra película fue desmesurado e inauguró una colaboración profesional que duró trece años,
arrojando un saldo de nueve filmes, la mayoría premiados en alguna parte, victoreado en algún
festival, hasta que Marcelo decidió abandonar el cine para vivir su propia vida. Nadie, ni
siquiera yo, entendió por qué se retiraba en la cima de su carrera, pero lo hizo. Cosa de genios,
me dije, como si con esa frase tan insatisfactoria pretendiera archivar el asunto.
Tres meses después, sin embargo, se presentó en mi casa. Yo me encontraba en el jardín, y lo
contemplé bordear la piscina como un sonámbulo. Fiel a su carácter, me expuso el problema
sin rodeos. Había interpretado con éxito todos los papeles imaginables: había quemado Roma,
le habían amputado una pierna en un sucio hospital de campaña, había repelido él solo una
invasión alienígena, había muerto en la cruz. Pero no sabía interpretarse a sí mismo. Carecía de
imaginación. “Dirige mi vida”, me suplicó mirándome a los ojos. Los dos sabíamos que
aceptaría: siento debilidad por los desafíos. Firmé un contrato de diez años, y durante ese tiempo,
no sólo le diseñé una vida de película, excesiva e intensa, sino que lo sobredimensioné como
personaje, le di matices. Marcelo, por su parte, realizó la mejor interpretación de su vida.
Ya no había cámaras, pero los periódicos se encargaron de inmortalizar las escenas más
memorables, como cuando empotró su deportivo contra aquella fuente, acompañado por dos
putas enanas. Cuando le entregué el frasquito de cianuro —lo único que podía burlar la seguridad
del Teatro Kodak—, incluso sonrió ante lo acertado del colofón: la vejez de un astro puede ser
plácida, pero nunca es digna. Mejor retirarse a tiempo.
Desgraciadamente, cuando todo esto se sepa, lo que yo recibiré por mi extraordinario trabajo
no será el Oscar a la Mejor Dirección, ¿no creen?
EDUARD PASCUAL
Surrealismo Funesto
Atardece. El sol cae sobre el horizonte y el cielo se mancha de sangre. Rastros de nubes corren empujados por la Tramontana. Si no estuviéramos en el Empordà, se podría decir que mañana lloverá. El escenario es fantástico. Él, mi protagonista, está en posición. Parece un hombre cualquiera; tal vez lo sea… En cualquier caso, hoy voy a convertirlo en alguien especial. Al alba, aparecerá en las portadas de prensa de todo el país. Tal vez incluso en la televisión. Hoy voy a inmortalizarlo en una sublime y daliniana forma de asesinar.
ÁNGELES PRIETO BARBA
La patria durmiente
Al bautizo de aquella Península hermosa acudieron las hadas Flora, Fauna y Primavera para colmarla de bosques, minerales, radiante sol y mieses por siempre jamás. Pero Maléfica, al no haber sido invitada al evento, le negó el amor y la condenó de por vida a liarse, cada cierto tiempo, con impresentables que la vejaran, maltrataran y despojaran de sus aderezos, radiantes bienes, asombro del Orbe. Desde entonces, la Princesa sólo es feliz cuando consigue dormir, despreocupada por completo de que venga a despertarla algún apuesto príncipe dispuesto a chulearla. Y no digamos nada si el heredero se presenta con uniforme y aire marcial, enviado por Maléfica, para tras el beso, convertir en medallas sus joyas.
JULIÁN SÁNCHEZ CARAMAZANA
Nieve
Al salir de clase no encontramos a la adolescente en la puerta con la que todos hablábamos aquel nevado invierno. Las madres sorprendidas ante nuestra desazón preguntaron al portero. El juró y perjuró que no había visto a ninguna chica rondando por los alrededores. La seguimos recordando y todos guardamos un trozo suyo. Al portero le dimos su hermosa cabellera blanca
Madrugada en el prostíbulo
Ese día Virginia sustituyó a la nueva para que el Sr. Rosendo tuviera una veterana que encajara bien los golpes.
Curriculum
No es el abogado del diablo, pero defiende a lo más infernal de la especie.
Cuestión
Lo malo no fue entrar en el banco más tarde por el temor a hacer cola, sino conocer al atracador a pesar del pasamontañas.
Ruptura
Mi destino no era acabar colgando de una soga como papá y mamá. Por eso de vez en cuando la memoria me obliga a usar con otra pareja parecida tela, cuerda, alambre, un cinturón, lo que tengo más a mano.
Bobería
Cerró la puerta sonriendo tontamente al darse cuenta de que el ruido estaba en su imaginación. No se percató de que el hacha del pack de bricolaje había desaparecido.
Coartada
Acudí antes a la cita con María y eso me convirtió en el principal sospechoso de su muerte y destripamiento. Yo lo negué de manera vehemente alegando que acostumbro a cocer mi comida.
MARINA SIRI
El obsequio
Nunca me habían regalado algo tan pequeño y banal. El amigo de mi abuelo llegó al pueblo después de su viaje a Italia y lo primero que hizo fue venir a saludarnos.
Yo le tenía temor, aunque no recuerdo los motivos del mismo. El Sr. Sanivane me estampó dos besos babosos con su boca grande y desteñida, metió la mano en el bolsillo y sacó una cajita apenas mayor que un dado. Sí, así de pequeña.
Envuelta en un minúsculo trozo de celofán, me la entregó diciendo que era un recuerdo de su tierra, de Vado Ligure. ¡Ábrela!, me dijo.
Como si desenvolviera un caramelo, saqué los pedacitos de papel y me quedé atónita con lo que había en el envoltorio: un botón. ¡Un botón verde oscuro!, común, con unos hilos viejos aún adheridos a sus agujeros.
“Este botón perteneció a los calzones del Duce”, me explicó el viejo con entusiasmo. “¡Es histórico! y algún día será una reliquia de museo”.
Yo, que en ese tiempo no sabía ni quien era el Duce, estaba sorprendida pero en especial, desilusionada; pero el Sr. Sanivane tuvo que irse casi corriendo, perseguido por los gritos de mi abuelo, quien protestaba airado desde el portal: “Este tano, además de fascista, es un avaro”.
MONTSERRAT TOMÁS
En la fiesta.
En cuanto llegué a la fiesta me presentaron a Dani y nos dimos los dos besos de rigor. Su cautivadora sonrisa me deslumbró desde el principio. Pocos minutos más tarde fuimos juntos a tomar una copa, momento que aprovechó para explicarme cómo fue su niñez, su adolescencia, dónde trabajaba…
Después fuimos a bailar: primero un poquito de salsa y luego unos lentos bien agarrados. No tardaron los besos. ¡Que bien sabían!
Cuando nos cansamos fuimos a beber de nuevo. Entonces fui yo quién le conté de dónde era, anécdotas del colegio, mi entrada en la universidad…
El tiempo pasó como en un suspiro y llegó el momento de marcharse. Nos besamos y nos dijimos adiós.
Siempre lo recordaré. Ha sido el novio que más me ha durado.
MIGUEL ÁNGEL ZAPATA CARREÑO
Magia XXXII
… y no me digas más, cariño, no intentes convencerme de que la intervención fue un éxito que tengamos que aplaudir, así, a manos llenas, ¡hip, hip, hurra, brindemos por el progreso y la madre que parió a los innovadores con bata blanca y tufo a Betadine!, convencerme, sí, de que ese cirujano de pacotilla es reconocido entre sus colegas en el mundo entero y parte de la galaxia; no vuelvas a pretender tranquilizarme con esas vagas consideraciones tan tuyas: que si el proceso de adaptación, que si la superación del rechazo, si, si, si… No, no y mil veces no, te digo que ese trasplante ocular no salió bien, que hubo un error, que no son éstos con los que me miras los ojos azules donados por ese señor de Cuenca, el del accidente múltiple, que más bien se parecen muchísimo, que son clavados, óyeme, clavaditos a los de aquel célebre hipnotizador que murió en mitad de su espectáculo. Y que no, no y tropecientas mil veces te repito que no, que no voy a volver a mirarte a los ojos, que estoy harta de jugar y me niego a pretender que puedes hacerme sentir una vaca, ni mucho menos, ni muchísimo menos, pero que ni requetemuuuuuu…
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Cositas para hoy. Con el corazón partío (por la doble cita) informo que:
Empezamos el mes de mayo con mucha ilusión. Mes de la poesía y la literatura en Granada, complementamos los actos oficiales del Hay Festival y del Festival de Poesía con nuestro ciclo, más informal aunque espero que igual de productivo y acertado!
Nuestra lectura de esta semana corre a cargo de:
ISABEL MELLADO
(Cuento)
Presenta: Erika Martínez
Lugar, fecha y hora… ya sabéis: Lunes 4 de mayo a las 21.00h
Bar Salão (Plaza Romanilla, trece)
Y …
De mes en cuando ofrece una nueva lectura de relatos, el número 37 de la colección:
Raúl Quinto
Manual básico de idioteconomía
Lunes 4 de Mayo. 22h.
Café-Piaf (Antes Anaïs)
C/ Buensuceso, 13. Granada
Por otra parte, teneís la Biblioteca Imaginaria ya actualizada: (www.labibliotecaimaginaria.es)
- Cara a cara con RAÚL RUBIO MILLARES
- Sarta de cuentos y otros relatos, de Raúl Rubio Millares, reseña escrita por Cristina Monteoliva.
- Hermana Muerte, de Justo Navarro, reseña escrita por Pedro Crenes Castro.
- El llano en llamas, de Juan Rulfo, reseña escrita por Raúl Rubio Millares.
- Cuando el rojo es negro, de Qiu Xialong, reseña escrita por Cristina Monteoliva
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Nuevo número de la revista En Sentido Figurado (www.ensentidofigurado.com) y el especial nº Dos Todos con el autismo, donde aparece mi relato “La carrera“:
http://www.ensentidofigurado.com/actual.pdf
http://ensentidofigurado.com/AUT09-especial.pdf
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Ya sabeís que IoSonoValeria es literatura, es letra, pero también es emoción. Estoy conociendo a muchísimas personas interesantes ultimamente. Pero en todos los cestos hay una manzana podrida. Yo ayer descubrí a una. A tiempo. Menos mal. Miles de besos, Valeria
PD: Mi ordenador está roto, por eso no puedo colgar imágenes. A ver si tiene solución…