Aún a sabiendas de que me expongo a una inmediata expulsión del IPG (léase Institutum Pataphysicum Granatensis) y al volteo estupefacto de algunos rostros queridos, plagio sin más miramientos el título de un relato que (aimè) me dedicó el excelente escritor Ángel Olgoso (y Rector Magníficum) en esa perla perlísima llamada Astrolabio (por si no lo sabes, nuevo navegante, la Editorial es Cuadernos del Vigía y el libro cuesta la irrisoria cifra de 12€. Y digo yo ¿a qué esperas a comprarlo?????????):
LA MUJER TRANSPARENTE
Había una vez una jovenzuela que casi, casi, casi rozaba la magnífica cifra de cuarenta años. A decir de los demás, era un ser de luz (gracias, M.A.), una persona “solar” (gracias, papá), perfume de existencia (gracias Julián), una alegría para los malos momentos (gracias yasabesquién), un relax para tormentas “almatorias” y etc., etc., etc.
Y sí señores, pese a velas negras, envidias correosas y pérfidas vibraciones emanadas del más acá (al más allá… dejémosle, que aún no tenemos confianza con él), así es efectivamente la jovenzuela.
A esta mujercita en parte infantil, en parte luchadora y en otra (ínfima) parte malafondinga granatensis de adopción, pocas cosas hay que le afecten.
Sí, bueno… está el amor… esa maravillosa, fantástica, carcometosa sensación de mariposas en el estómago, que de vez en cuando la tormenta (qué le vamos a hacer, ella es así, enamoradiza del amor); está la salud de los suyos, que le preocupa, vela por “ellas” (sí, tesoros, sois vosotras, jeje); está el trabajo remunerado al que hay que dedicarle tiempo y esfuerzo (y más en estos tiempos, ufff).
Pero casi, casi, casi nunca, el vil metal le preocupa. Y no es que la jovenzuela sea rica, ¡ni hablar! Es que ella es tan positiva, tan idealista, tan “seguro que salgo de esta”, que el dinero no entra dentro de sus aflicciones importantes.
Y por ello la mujer transparente (y sí, es tranparente, exprofe dixit) siguió adelante y siguió y siguió y pasaron los días, los meses y casi un año, cuando, héte aquí, que la mujercita sucumbe. Se derrota. La derrotan. Llega la declaración de la renta 2007.
La encara con ánimo, pensando que quizás, tal vez, con un poquillo de suerte, unos cientos de euros ingresarán en sus polvorientas arcas…
Pues NO. No sólo los sextercios no entrarán, sino que la módica cifra de diezmil euritos, (sí, has leído bien: 10.000€) tendrá que abonar esta chiquilla a las cuentas del Estado.
Y ella, entre lágrimas (no es para menos), se pregunta: ¿en qué momento cometí el pecado? ¿fue éste de tal índole que no existe fraccionamiento ad infinitum posible? ¿aprobará el banco una ampliación de la hipoteca? ¿llegará el amor mariano a tiempo para solicitar un préstamo menor? ¿deberá la jovenzuela engarzar collares de perlas falsas en horas nocturnas para pagar? ¿o quizás vender “manualidades” en el colegio de sus hijas? (princesa Valeria: si no estuvieses durmiendo, te comería a besos por la solidaridad demostrada a tu cortísima edad, mi amorrrr).
Pero llega la noche. Y la jovenzuela es nocturna. Alevosamente nocturna. Las tinieblas la animan. De hecho, mejor no llamarla a muy temprana hora. Podría bufar. O morder según el caso. Pero perdonad, que me desvío, que no es esa la historia.
Decíamos que llegaba la noche. Y la suavidad de las horas. Y los encuentros estelares.
Y entonces… ¡oh! De nuevo el vil metal regresa al limbo de las no preocupaciones.
Ella está segura de que sale de esta. Yo también.
Besos mil, amigos. Lo siento, tenía que contarlo!!!!
Valeria.