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EL REPUERTERO, 28 de junio de 2008

Editores: Manos de tijera

El editor no es un Bin Laden literario que quiere troncharlo como escritor. Más bien es el que nos ayuda a que nuestro trabajo sea bien evaluado y no pasemos vergüenza de lo mal que escribimos. Por Boris González

Escrito por Boris González

Era las 01:30 de la madrugada y por fin lograba poner el punto final a la revisión de la obra que presentaría para la convocatoria que realizó Grupo Nelson, a su Primer concurso de novela de ficción.

El resultado: una obra de 256 páginas, de una historia, según yo, buenísima. Es que alguien por ahí me enseñó que debemos amar todo lo que literariamente parimos. Cansado por el trabajo, empipado de tanto café para espantar el sueño, cavilé en lo que pensaría el editor a leerla.

Tal vez, ojeará las primeras páginas y la tirará al tacho de la basura. Porque cuando uno es aprendiz, muchos manuscritos pasarán por ese lugar antes de escribir algo que sea publicado y vea la luz del sol desde una vitrina, ya como libro, esperando ser comprado. Pero, eso lo decide un señor o señora llamado editor, que es algo así como el cedazo de las editoriales. Su escudero.

El que tiene la labor de evaluar, corregir y decidir si el trabajo se va al tacho de elementos eliminados o con alguna manito de gato logra perfilar un buen material. Para muchos, es el malo del rubro, el que troncha los sueños de los novatos escritores, pero no es así. Un día los odié hoy los defiendo.

Hace poco leía un reportaje que le hizo un diario a la destacada autora chilena Isabel Allende, y ella recordaba las múltiples ocasiones que fue rechazada por los editores porque no encontraban merito en su trabajo. Es que ser escritor es un camino largo, largo, que muchos de nosotros, incluyéndome, nos cansamos de recorrer y cuando hemos terminado algún trabajo, viene este señor llamado editor y con sus manos de tijeras comienza a recortar, podar, eliminar el trabajo que con tanto cariño hemos realizado y créame, eso duele.

Mi amigo Eugenio Orellana, que tiene una larga trayectoria como editor y traductor para varias editoriales en EE.UU, aún recuerda y sé que comparte en sus seminarios en ALEC (Asociación Latinoamericana de Escritores Cristianos) una anécdota que me sucedió cuando por primera vez pasé por el trauma de una edición de un artículo por un profesional. Según yo, lo que había escrito era lo mejor después de la rueda. Cuando me publicó el artículo corregido ¡no lo podía creer! Lo llamé a Miami, Florida y le dije: “Esto no fue lo que yo escribí”. “Lo tuyo no servía”, me dijo.

Y comenzó a mencionarme los errores. En el momento dolió porque era más ignorante que ahora, con el tiempo no solo agradecí la corrección sino que la esperaba con impaciencia cada vez que escribía algo. Hoy nos reímos de esa anécdota y cada vez que hablamos me la recuerda.

El editor no es un Bin Laden literario que quiere troncharlo como escritor. Más bien es el que nos ayuda a que nuestro trabajo sea bien evaluado y no pasemos vergüenza de lo mal que escribimos. Acepte con humildad sus opiniones, sugerencias y recortes. Ellos saben más que usted y yo, porque esa es su territorio, su campo. Hágale caso. Lo único que le va a doler es el orgullo.

Cuando terminé de corregir mi manuscrito y pensé en lo que opinaría quién la evaluará, cavilé que sin importar lo que él decida u opine de mi trabajo, no me quitará lo bien que lo pasé escribiendo, el placer que tuve de crear una historia, un personaje. Lo divertido que es inventar.

Sentir que en nuestras manos está el poder de matar personajes, hacer cándido a uno y malo a otro. Divertir, intrigar y emocionar al lector. Engañarlo y hacerle creer que tendrá cierto desenlace y que en realidad terminará de una manera inesperada. Todo esto no tiene precio. Porque uno escribe antes que todo, no para convencer al editor, sino uno escribe para divertirse.

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Autor: valeriatittarelli

Redactora freelance, community manager y bloguera. Investigación y generación de contenidos para redes sociales y blogs. Artículos, notas, reportajes.

Un pensamiento en “Leído en … www.premiosliterarios.com

  1. Primeramente mis respetos a Boris Sánchez y un saludo fraternal. Sobre el tema en cuestión, me tomo el atrevimiento de no estar en total acuerdo con sus puntos de vista. Sí lo estoy en el hecho de que se espera que un editor tenga los conocimientos necesarios para evaluar, sugerir y poder mejorar un escrito en cuanto a estilo, gramática y ortografía se refiere. En ocasiones saben más que el escritor al que le corrigen o lo que es más relevante aún, al menos, algunos de ellos se enfrentan al texto con más objetividad que el autor. Sin embargo, he conocido editores que fuera de aplicar sus conocimientos gramaticales y de estilo, permiten que sus gustos y prejuicios determinen su posición ante un escrito. Soy editora y también soy escritora. Una fase no interviene necesariamente en la otra. Puedo ver como editora, sin pensar en la escritora y viceversa. Y estar en la posición del editor es probablemente más difícil e incómodo que la del escritor, especialmente porque sabemos cómo se siente el escritor desde el comienzo de su obra. Es muy difícil pasar juicio sobre un texto especialmente cuando representamos los intereses del lector al que nos dedicamos, si es que ésta fuera nuestra posición y en la mayoría de los casos lo es. Si el tipo de lector es muy variado, tal vez la decisión pudiera ser menos difícil, aunque lo sigue siendo, pues hay un margen más amplio. Pero lo que me atrajo a comentar este texto es la idea de que un verdadero escritor, y me refiero a esas personas que realmente llevan la escritura al nivel de la pasión y que la convierten en parte de su diario vivir, y que en todo ven un texto en potencia y que aparte de ello, cuentan con la capacidad innata de generar interés en los demás cuando escriben, entre otras consideraciones, tiene algo que le falta a muchos ediotores y es la intuición de crear una historia con unos personajes de tal o cual forma y si permite que el editor intervenga en esto, como pasa, como suele pasar, como me ha pasado…el resultado no será necesariamente lo que esperábamos, pues tal vez lo que predominó en esa recomendación fueron los gustos personales del editor, los prejuicios, sus propios estereotipos o formas de concebir la realidad literaria…y está echando a perder la esencia de lo que la intuición le dictó a un verdadero escritor. Con esto lo que quiero decir, es, que sí debemos tener la humildad de dejarnos llevar, pero con ojo crítico y conocer dónde están los límites.

    Mis respetos,
    Vilma Reyes

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