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IDEAL, 1 de noviembre de 2008

Margaret Atwood, una señora joven

 

ANDRÉS NEUMAN

DEMASIADO a menudo, a los escritores que tenemos la discutible y muy efímera virtud de ser más o menos jóvenes nos preguntan cosas como: «¿Qué novedades aportan a la literatura los jóvenes escritores del presente?». La pregunta me inquieta por partida doble. No sólo porque presupone erradamente que el presente es territorio exclusivo de los jóvenes, sino porque además parece dar por sentado que las grandes novedades artísticas no pueden provenir de artistas ya maduros o incluso ancianos. Desde Goethe, Händel o Miguel Ángel hasta Borges, Picasso o Bergman, ambas ideas son por supuesto falsas.

La semana pasada una escritora moderna, joven y casi septuagenaria recibió merecidamente el Premio Príncipe de Asturias de las Letras: la canadiense Margaret Atwood. Candidata al Nobel desde hace tiempo, Atwood es autora de novelas futuristas como ‘El cuento de la criada’ (ciencia ficción, o no tanto, de género) y ‘Oryx y Crake’ (ciencia ficción, o no tanto, ecológica y sanitaria), libros de cuentos como ‘Érase una vez’ (que en realidad es una reedición española de textos de diferentes épocas) y colecciones de ensayos como ‘La maldición de Eva’ (que en realidad se titula algo así como ‘Persecuciones curiosas’ y se cuenta entre lo más lúcido que se haya escrito sobre el presente histórico de las mujeres).

Atwood ha sabido prolongar el bendito pecado original de las grandes escritoras de su estirpe, esa que va de Sor Juana Inés de la Cruz a Virginia Woolf, pasando por Jane Austen o George Sand: una potente cultura camuflada de humor ligero, una extrema agudeza en el análisis psicológico, cierta capacidad teatral para exponer sus reflexiones, el don de la ironía inteligente. Capaz de pensar a corta y larga distancia, Atwood es igual de eficaz rescatando recuerdos personales (como en el delicado, sentido cuento ‘Betty’) que radiografiando los problemas de nuestro futuro inmediato. Esta combinación de sentimientos y abstracciones, de intimidad y sociología, la convierte en una escritora completa. A ello hay que sumarle su implacable perspicacia como lectora. Sobre la literatura victoriana, en la que se especializó como crítica, Atwood observó lo siguiente: «Fue la época por excelencia en que las tramas giraron en torno al dinero y la gente estaba empantanada en explosiones de capitalismo». Nada más vigente hoy que una interpretación como esa. «A Madame Bovary», concluye, «podría haberle ido bastante bien si se hubiera mantenido dentro de su presupuesto. No fue el adulterio, sino las deudas, lo que la hundió».

El feminismo de Atwood es tan sólido como políticamente incorrecto. Lejos de limitarse a la reivindicación de los derechos de las mujeres y sus espacios propios frente al patriarcado (cosa que por supuesto nunca ha dejado de hacer), además ha escrito con sabiduría sobre las contradicciones de la lucha feminista y sobre algo de crucial importancia en la sociedad actual: el derecho fundamental de toda mujer «a ser considerada como individuo y no como ‘ejemplo de género’». Atwood pertenece a esa clase de intelectuales lúcidos que, además de luchar por romper las viejas jaulas, nos alertan del peligro de construir jaulas nuevas. La madurez ideológica de la señora Atwood, cuyos ensayos suenan más jóvenes y frescos que las opiniones de mucha gente de 20 o 30 años, resulta iluminadora: «Algunas escritoras tendían a polarizar la moralidad en géneros, es decir: las mujeres eran intrínsicamente buenas y los hombres malos ( ) Las mujeres que llevaban tacones altos y maquillaje eran inmediatamente sospechosas ( ) ¿No estaría permitido nunca más hablar de la ambición de poder de las mujeres, porque se suponía que las mujeres eran seres igualitarios? ¿No se podía describir el venenoso comportamiento practicado a menudo por unas mujeres contra otras? ( ) ¿Se iban a quedar los hombres con todos los personajes jugosos?».

Los argumentos de Atwood son una mezcla de sentido común y atrevimiento. Cuando los tópicos son fuertes, el sentido común puede ser el mayor de los atrevimientos. ‘La maldición de Eva’ contiene dos o tres textos memorables que deberían ser lectura obligatoria en todas las facultades. Uno de ellos se titula ‘Crear el personaje masculino’, clarificador ensayo acerca de la mirada narrativa masculina sobre los personajes femeninos, y viceversa. La conferencia empieza de forma provocadoramente sarcástica, como para medir la temperatura machista de su auditorio; y termina desplegando una visión autocrítica, verdaderamente igualitaria, de las teorías de género y sus consecuencias literarias: «Con demasiada frecuencia topamos con la idea de que sólo el sufrimiento del sexo femenino es sufrimiento auténtico, sólo los miedos de las mujeres son miedos de verdad. Esa idea es equiparable a la de que sólo la clase obrera es real ( ) Para las mujeres, definirse a sí mismas como indefensas y a los hombres como todopoderosos supone caer en una vieja trampa, evadir la responsabilidad ( ) Describir un mundo en el cual las mujeres ya son iguales a los hombres en poder, oportunidades y libertad de movimientos, es una abdicación similar ( ) Si eres una mujer que escribe, alguien, en algún sitio, te preguntará: «¿Se considera usted ante todo escritora, o ante todo mujer?» Cuidado. Cualquiera que haga esta pregunta odia y teme tanto a la literatura como a las mujeres». A mí me gustaría amar a Atwood y a su brillante literatura.

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Autor: valeriatittarelli

Redactora freelance, community manager y bloguera. Investigación y generación de contenidos para redes sociales y blogs. Artículos, notas, reportajes.

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