IoSonoValeria

Mi diario de a bordo

Historia de una trufa…

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¡Muy buenos días!

Ya pasó el lunes, fiúuuu, ¡qué alegría! Hoy martes ya nos encontramos más vivos, más ágiles, más… ¡en acción!

En acción precisamente estuvo una trufa, o más bien en agitación, de mano en mano, relatada por Woody Allen en:

     QUÉ PALADAR TIENES, MUÑECA (Woody Allen en “Pura Anarquía”, Ed. Tusquets)

Como detective privado, estoy dispuesto a recibir un balazo por mis clientes, pero eso tiene un precio: quinientos de los grandes a la hora más gastos, que suele equivaler a todo el Johnnie Walker que pueda echarme entre pecho y espalda. Aún así , cuando una monada como Annie Sensualle se presenta en mi despacho armada de sus feromonas y solicita mis servicios, el trabajo puede convertirse en pro bono por arte de magia.

-Necesito su ayuda – ronroneó y, mientras cruzaba las piernas en el sofá, sus medias negras de seda dejaron claro que aquello era una guerra sin cuartel.

-Soy todo oídos – dije, convencido de que la ironía sexual implícita en la inflexión de mi voz no pasaría inadvertida.

-Necesito que vaya usted a Sotheby’s y puje por algo en mi nombre. Como es lógico, yo corro con los gastos. Pero es importante para mí permancer en el anonimato.

Por primera vez vi más allá de su pelo rubio, de sus labios como almohadas y de los dirigibles idénticos que tensaban la blusa de seda hasta el límite de su resistencia: la chica estaba asustada.

-¿Por qué objeto tengo que pujar? – pregunté – ¿Y por qué no puede hacerlo usted misma?

-Quiero que puje por una trufa – contestó a la vez que encendía un cigarrillo -. Puede llegar hasta diez millones de dólares. Bueno, quizá doce si la cosa se pone reñida.

-Ajá – asentí, mirándola con la misma expresión que suele traslucirse en mis ojos antes de marcar el número del manicomio- . No está mal para un antojo.

-No sea vulgar – replicó, claramente ofendida -. Le pagaré el doble de sus honorarios habituales. Pero no salga de Sotheby’s sin ella.

-¿Y si le dijera que, por la compra de un hongo, cualquier cantidad superior a los cinco millones de dólares resulta un tanto sospechosa? – pregunté con ánimo de provocarla.

-Es posible…, pero la trufa Bundini se vendió por veinte millones, el precio más alto registrado por un tubérculo en una subasta; aunque, claro, había sido propiedad del Aga Khan y era de un blanco impoluto. Y no me falle, porque hace poco un magnate del petróleo tejano me superó en una puja por un trozo de foie, ofreciendo ocho millones contra mis siete. Eso después de vender yo dos Chagalls para reunir el dinero.

-Recuerdo haber visto ese foie en el catálogo de Christie’s. A mí me pareció una pasta considerable por una ración no mayor que un aperitivo. Pero si eso hizo feliz al magnate del petróleo…

-Le costó la vida – dijo ella.

-No.

-Sí. Un conde rumano, a quien nada satisfacía más que degustar el sublime hígado de oca, le hundió un puñal entre los omoplatos y le robó el sabroso y húmedo manjar – explicó mientras encendía otro cigarrillo con la colilla del primero.

-Mala suerte – comenté, mirándola de hito en hito.

-Pero ya se sabe que quien ríe el último… – prosiguió ella, y soltó una carcajada-. Esa esquisitez rica en colesterol por la que había asesinado resultó ser falsa. Verá, el conde, en un gesto de amor, depositó el foie a los pies de la gran duquesa de Estonia, y cuando ella descubrió que era un vulgar paté, él se quitó la vida.

-¿Y qué fue del foie auténtico? – pregunté.

-Nunca se recuperó. Hay quien dice que se lo zampó un productor de Hollywood en Cannes. Según otros, un egipcio llamado Abú Hamid quedó tan impactado al probarlo que lo introdujo en una jeringuilla e intentó metérselo directamente en vena. Y otros cuentan que cayó en manos de una ama de casa de Flatbush que, confundiéndolo con comida para gatos, se lo dio a su minino.

April abrió el billetero, extrajo un cheque y escribió la cifra correspondiente a mis honorarios.

-Una pregunta – dije -: ¿Por qué no puede enterarse nadie de que quiere usted la trufa?

-Los gourmets de una red gastronómica de Estambul, desesperados por rayarla sobre sus fettucini, se han infiltrado en nuestras fronteras. Quieren la trufa, y no se detendrán ante nada. Toda mujer soltera que posea semejante delicia pondrá su vida en grave peligro.

De pronto sentí un escalofrío. Hasta la fecha sólo había investigado un caso en torno a un comestible caro, y fue un asunto bastante sencillo relacionado con un hongo portobello: se presentaron cargos contra un candidato electoral por comportamiento indecoroso hacia el hongo, pero las acusaciones resultaron infundadas. Acordamos que yo llevaría la trufa a la suite 1600 del Waldorf Astoria, donde, dijo April coquetamente, me esperaría con una prenda de color piel que Dios había creado para ella. Tan pronto como aquel trasero suyo, digno de un galardón, desapareció con un contoneo en el ascensor, puse un par de conferencias trasatlánticas a Fortnum & Mason y a Fauchon. Sus gerentes me debían un pequeño favor desde que rescaté para ellos seis anchoas de valor incalculables robadas por un dacoit. Después de recabar información sobre April Sensualle, me fui en taxi a York Avenue.

En Sotheby’s, las pujas estuvieron animadas. Una quiche se remató en tres millones, un par de huevos duros a juego alcanzaron los cuatro, una tarta de carne que en su día perteneció al duque de Windsor se vendió por seis millones. Cuando salió a subasta la trufa, un murmullo recorrió la sala. La puja partió de cinco millones de dólares, y en cuanto los pusilánimes se borraron del mapa, todo se redujo a un partido de tenis enter un gordo tocado con un fez y yo. Al llegar a los doce millnoes de pavos, el plutócrata porcino alcanzó su tope y se rindió, visiblemente afectado. Reclamé la cosa esa de un kilo doscientos gramos, la guardé en una taquilla de la consigna del Grand Central y me fui derecho a la suite de April.

-¿Ha traído la trufa?- preguntó abriendo la puerta con una bata de raso. Debajo sólo llevaba protoplasma bien distribuido.

-Descuide- respondí, y le dediqué una abierta y confiada sonrisa-. Pero ¿y si primero hablamos de números?

Lo último que recuerdo antes de que se apagaron las luces fue el impacto ente mi coronilla y lo que se me antojó un cargamento de ladrillos. Al despertar, vi relucir una pistola de baratillo apuntada directamente hacia esa bomba en forma de tarjeta de San Valentín que utilizo para agilizar el flujo sanguíneo. El gordo del fez, mi rival en Sotheby’s, acariciaba el seguro del arma para mi entretenimiento. April, sentada en el sofá, hundía sus preciosos pómulos en un cuba libre.

-Bien, caballero, vayamos sin rodeos al asunto que nos ha traído hasta aquí- dijo el gordo, dejando una patata cocida en la mesa.

-¿Qué asunto? – repuse con sorna.

-Vamos, caballero, no me venga con ésas – contestó con un resuello -. Como sin duda ya sabe, no se trata de un ascocimento vulgar y corriente. Usted tiene la trufa de Mandalay. La quiero.

-Es la primera vez que oigo hablar de eso – respondí-. Ah, un momento. ¿No es lo que usaron para matar a golpes a aquel playboy, Harold Vanescu, en su apartamento de Park Avenue el año pasado?

-Ja, ja, es usted muy gracioso, caballero. Permítame contarle la historia de la trufa del Mandalay. El emperador de Mandalay se casó con una de las mujeres más gordas y feas del país. Cuando la fiebre porcina segó la vida de todos los cerdos de Mandalay, el emperador preguntó a su esposa si estaría dispuesta a desenterrar ella las trufas. En cuanto la mujer olió esa trufa en particular, quedó claro que poseía un valor indiscutible, y se vendió al gobierno francés, que la expuso en el Louvre.  Allí permaneció hasta el expolio del ejército alemán durante la segunda guerra mundial. Se cuenta que Göring estuvo a escasos segundos de comérsela, pero el anuncio del suicidio de Hitler le aguó la fiesta. Después de la guerra se le perdió el rastro hasta que reapareció en el mercado negro internacional, donde un consorcio de hombres de negocios la adquiriño y la llevó a De Beers, en Amsterdam, con la intención de cortarla y vender los trozos por separado.

-Está en la consigna del Grand Central – dije-. Máteme, y tendrá que decorar esa patata con crema agria y cebolletas.

-Ponga usted el precio – contestó-.

April se había ido a la habitación contigua y la oí telefonear a Tánger. Me pareció distinguir la palabra crêpes; por lo visto, había reunido el dinero para el pago inicial de una crêpe de altos vuelos, pero en el traslado a Lisboa alguien le había cambiado el relleno.

Quince minutos después puse el precio, mi secretaria trajo un paquete de un kilo doscientos gramos de peso y lo colocó en la mesa. El gordo lo desenvolvió con manos trémulas y, valiéndose de una navaja, rebanó una fina loncha para probar. De repente, entre sollozos, empezó a cortar la trufa a tajos en un arrebato de ira descontrolada.

-¡Dios santo! – exclamó-. ¡Es falsa! Y aunque es una falsificación excelente, que imita a frutos secos de la trufa, mucho me temo que nos hallamos ante una gran bola de matzá.

Acto seguido, salió por la puerta y me dejó a solas con una diosa estupefacta. Sacudiéndose la consternación, April me taladró con sus luceros de color aguamarina.

-Me alegro de que se haya ido – dijo-. Ahora estamos solos usted y yo. Seguiremos la pista a la trufa y nos la repartiremos. No me extrañaría que tuviese efectos afrodisíacos.

Dejó deslizar la bata hasta el punto justo. Estuve en un tris de sucumbir a toda esa gimnasia absurda para la que la naturaleza programa la sangre, pero se impuso mi instinto de supervivencia.

-Lo siento, encanto – dije, y di un paso atrás-. No pienso acabar como tu último marido, en la cámara frigorífica municipal con una etiqueta en el dedo gordo del pie.

-¿Cómo? – se quedó lívida-.

-Así es, muñeca. Tú mataste a Harold Vanescu, el gourmet internacional. No hace falta ser una lumbrera para sumar dos y dos.

Se precipitó hacia la puerta, pero le corté el paso.

-Está bien – dijo con resignación-. Supongo que se acabó lo que se daba. Sí, yo maté a Vanescu. Nos conocimos en París. Yo había pedido caviar en un restaurante y me había cortado con la punta de una tostada. Él acudió en mi auxilio. Me impresionó su soberbio desdén por las huevas rojas. Al principio, todo fue maravilloso. Me colmó de regalos: espárragos blancos de Cartier, un frasco de vinagre balsámico que, como él sabía, siempre me ponía unas gotas detrás d elas orejas cuando salíamos… Fuimos Vanescu y yo quierenes robamos la trufa de Mandalay dle Museo Británico colgándonos cabeza abajo y cortando el cristal de la vistrina con un diamante. Yo quería hacer una tortilla de trufa, pero Vanescu tenía otros planes. Él quería venderla en el mercado de objetos robados y destinar el dinero a comprar una villa en Capri. Al principio, nada le parecía demasiado bueno para mí; después advertí que las porciones de besuga en nuestras tostaditas eran cada vez más pequeñas. Le pregunté si tenía problemas en la Bolsa, pero él se hechó a reír ante la sola idea. Pronto me di cuenta de quem en secreo, había pasado del Beluga la Sevruga, y desde que lo acusé de poner Ossetra en un blini, se volvió irascible y poco comunicativo. Se había convertido en un hombre frugal, e incluso se preocupaba por los gastos. Una noche llegué a casa antes de lo previsto y lo sorprendí preparando entremeses con caviar de pez pulmonado. Nos enzarzamos en una violenta pelea. Le pedí el divorcio, y discutimos por la custodia de la trufa. En un arrebato de ira, la cogí de la repisa de la chimenea y lo golpeé con ella. Al caer, se dio de cabeza justo contra un caramelito de menta. Para esconder el arma del crimen abrí la ventana y la lancé a la caja de un camión que pasaba. He estado buscándola desde entonces. Una vez libre de Vanescu, creí sinceramente que por fin podría zampármela. Ahora podemos buscarla y compartirla… usted y yo.

Recuerdo su cuerpo contra el mío y un beso que me hizo salir vapor por las orejas. También recuerdo la expresión de su cara cuando la entregué a la policía de Nueva York. Dejé escapar un suspiro mientras contemplaba su equipamiento de primera cuando la pasma la esposó y se la llevó. A continuación me acerqué al Carnegie Deli para tomarme un bocadillo de pastrami con pan de centeno, acompañado de pepinillos y mostaza:  esa materia de la que están hechos los sueños.

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Novedades en el Heraldo del Henares:

-Por un lado, reseña de la presentación del nuevo libro de cuentos “Antes del futuro imperfecto” de Medardo Fraile, escrita por la novelista Carolina Molina. http://www.elheraldodelhenares.es/pag/noticia.php?cual=6362

-Por otro, cuento de Juan Ballester Palazón, “El coleccionista de Silvias”. http://www.elheraldodelhenares.es/pag/noticia.php?cual=6353 .

Segundo número de Belianis, nueva publicación de información general y cultural , por si gustáis: http://www.belianis.es/

     Nueva novela de Antonio Skármeta, autor de la inolvidable “El cartero de Neruda“: “Un padre de película“:

MADRID, 27 (EUROPA PRESS) ‘Un padre de película’, es el título de la nueva novela de Antonio Skármet. El escenario en el que transcurre esta obra es una pequeña aldea (real) del sur de Chile, Contulmo; una comunidad rural enclavada entre montañas y lagos, durante los primeros años 60. Allí vive Jacques, un joven cuya vida se verá marcada para siempre por la marcha del padre a su París natal.

(Artículo completo, aquí: http://es.noticias.yahoo.com/5/20100927/ten-buscando-un-padre-de-pelcula-cb5163c.html ).

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El poeta Javier Bozalongo me hace llegar este mensaje:

30 de Septiembre, Día Internacional del Traductor


El grupo Tibónidas de traductores de Granada, en representación de las asociaciones de traductores ACE Traductores (sección autónoma de traductores de libros de la Asociación Colegial de Escritores de España), APTIC (Asociación Profesional de Traductores e Intérpretes de Cataluña) y ASETRAD (Asociación Española de Traductores, Correctores e Intérpretes), organiza el acto:
Aquí dentro hay MÁS de un traductor (en colaboración con Hospes Palacio de Los Patos y Poesía en el Palacio)
(Lectura de sonetos de Petrarca, Ronsard y Shakespeare y de sus traducciones)
30 de septiembre, 20.30 h, Hotel Hospes Palacio de los Patos
En la historia de la Humanidad, la traducción se revela como imprescindible. Civilizaciones enteras han surgido gracias a la traducción y en la sociedad de las nuevas tecnologías, poco o nada funcionaría sin los traductores. Para celebrar el Día Internacional del Traductor ilustrando este ejercicio de variedad, ingenio y creatividad, el día 30 de septiembre se celebrará en el Hotel Hospes Palacio de los Patos, en el marco de sus veladas poéticas, una lectura multilingüe: Andrea Perciaccante, Adoración Elvira y Julian Bourne recitarán sonetos de Petrarca, Ronsard y Shakespeare, mientras que Trinidad Gan, Juan Carlos Friebe e Iñaki López de Aberasturi leerán dos traducciones distintas de cada poema en castellano, obra de los traductores Henrique Garcés, Ángel Crespo, María Teresa Gallego, Carlos Pujol, Fernando Maristany y Andrés Ehrenhaus. También habrá un espacio para escuchar a nuestro Garcilaso de la Vega en inglés y en francés.

Paralelamente, las librerías granadinas se suman a una iniciativa lanzada por las principales asociaciones españolas de traducción y la Confederación Española de Gremios y Asociaciones de Libreros. Durante toda la semana del 27 de septiembre al 2 de octubre, las librerías Babel, Picasso, Fleming, Atlántida, Troa, Reciclaje y Praga ofrecerán un descuento del 5% en la compra de obras traducidas al castellano. El fin que se persigue con esta actuación es doble: por una parte, impulsar la venta de libros traducidos, y por otra, concienciar al público lector de la importancia de la figura del traductor como puente intercultural, como creador y como interlocutor de civilizaciones.

Más información en http://tibonidas.wordpress.com .

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MÚSICA PARA LOS SENTIDOS

Jueves 30 a las 23.00h, en el Restaurante Fusion Pasión, concierto en directo de Molesque Do Sul

Viernes, varias cosillas:

CONCIERTO ACÚSTICO (EN DÚO)

 VIERNES

1 OCTUBRE

22h

 LOLA BAR C/ Molinos, 16

 Entrada libre

 Versiones disponibles gratis en www.impresenteibols.com

Las nuevas, como “Con tu suegra” (Come together, Beatles) grabadas en quinteto, ya están en myspace

…y

En el pub PLANTA BAJA, concierto gratuito de KLAUS AND KINSKI. (a eso de las 22.00h)

^^^^

-Creo que esto es todo por hoy. Disfrutad, emocionaros y sobre todo, sonreíd. Miles de besos, Valeria.

http://www.youtube.com/watch?v=if-UzXIQ5vw

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Autor: valeriatittarelli

Redactora freelance, community manager y bloguera. Investigación y generación de contenidos para redes sociales y blogs. Artículos, notas, reportajes.

Un pensamiento en “Historia de una trufa…

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