IoSonoValeria

Mi diario de a bordo

“No es fácil ser verde”

2 comentarios

¡Muy buenos días!

¿Qué os parece el titular del post? Bueno, ¿verdad?

    Se trata del título del libro de relatos de Sara Mesa (Madrid, 1976).  Ayer recogí dicho libro (Premio Tritoma de Narrativa Joven 2008), y pude leer algunos de los cuentos allí incluidos. He de decir que las palabras de la contraportada son totalmente ciertas: “Personajes excéntricos, solitarios y angustiados, que subsisten en escanarios fríos y deshumanizados (centros comerciales, ciudades sin nombre, casas cerradas, extrañas fábricas). Sobre ellos se posa una mirada fría, que no pretende explicar ni justificar sus historias, sino simplemente mostrar las desviaciones de lo falsamente llamado cotidiano“.

Pues sí, me ha parecido justo eso. Os dejo uno de los relatos saboreados ayer.

ESA ARAÑA EN EL TECHO (Sara Mesa en “No es fácil ser verde”, Editorial Tritoma)

Me levanto como cada mañana, dando tumbos, con los ojos legañosos y el pelo aplastado por los lados, con una oreja doblada y las piernas entumecidas. Me duele el corazón, la uña del dedo pequeño del pie izquierdo y un punto indeterminado entre la sien y el nacimiento del cabello. Por otra parte, nada nuevo. Apoyado en el quicio de la puerta, la veo en el cuarto de baño recogiendo sus cosas. Las mete con exagerada meticulosidad dentro de una bolsita de aseo transparente: va recortando pedacitos de papel higiénico y frota con ellos los estuchitos de maquillaje, los botes, los pinceles, el peine, cada objeto por pequeño que sea, y después los coloca ordenadamente en la bolsa. Cualquiera diría que lo hace así, tan mansamente, sólo para prolongar mi agonía. Bostezo intentando mostrar indiferencia, pero se me ha formado un hueco inmenso entre el pecho y el estómago, en esa zona de angustia que tan bien me conozco.

Ella levanta la cabeza hacia el espejo y me sonríe. Vuelvo a la cama y me tapo con la manta hasta el cuello. Miro la araña de la esquina; hace ya un par de semanas que la veo en su sitio, tejiendo su tela con parsimonia maligna, pero siempre me faltan fuerzas para sacarla de ahí. Luego ella viene, –ella, no la araña- me besa en la boca, me mordisquea una oreja distraídamente -puedo ver con claridad que está pensando en otros asuntos- y se marcha sin decir hasta cuándo. Sé que no hace falta asomarme al balconcillo. Consigo imaginarla perfectamente; puedo ver cómo teclea en su móvil, cómo cruza la calle, cómo echa a correr cuando se aproxima el autobús y cómo finalmente se aleja, se aleja y se convierte en un punto distante que allá en el horizonte se difumina ante mis ojos -no los que mantengo cerrados, no, sino aquellos con los que puedo recrearla durante sus ausencias-. Resumiendo: otra vez se ha ido la muy puta.

Hace viento. Los días de viento tenemos portazos. Es así. El aire se cuela por el balconcillo -aunque esté cerrado, porque siempre quedan rendijas incontrolables- y también entra por el ventanuco del cuarto, y cuando las dos corrientes se chocan forman un remolino invisible y es el caos -la araña se tambalea en su tela; pero resiste-. He observado una regla infalible que relaciona las corrientes de aire con sus ausencias: cuando hay viento y ella se va, retumba toda la casa, y -como el piso es pequeño-, uno se siente morir en el epicentro de una explosión fatal. En cambio, si ella se marcha en un día calmado, no hay problema alguno; todo es suave. Siempre termina regresando, y a veces me sorprende mientras duermo. Cuando vengo a enterarme de su vuelta, ya respira acurrucada en mi costado, como un pedazo de musgo entrañable adherido a mi corteza envejecida.

Los días en que ella se lleva su bolsita de aseo, yo cojo el coche al atardecer y voy a mirar los aerogeneradores de la costa. Conozco el punto exacto desde donde puedo contemplarlos mejor. Los veo extenderse por el campo estéril, sólo fértil de viento. He contado 14 de los antiguos -de 55 metros de altura- y 32 de los nuevos -de 47 metros-; leí las medidas en algún sitio. Desconozco la langitud de las aspas, pero así, a ojo, calculo que al menos deben tener 20 metros cada una. Voltean y voltean y se cargan de energía. Me pregunto cúantos  portazos podrá generar cada uno de estos bichos -me recuerdan a enormes mantis blancas, devoradoras inclementes de machos vulnerables, santateresas temibles y temidas-. El viento me revuelve el pelo, bate mis esperanzas y zarandea mi ánimo. Me gustan los aerogeneradores. De algún modo me dicen su opinión sobre las cosas. No entiendo por qué algunos se quejan de lo que denominan, con cierta grandilocuencia, su impacto visual, de no sé qué desgaste paisajístico. Los aerogeneradores siempre me parecieron hermosos e incuestionables, como torres de marfil intocables.

La regla de las corrientes de aire se revela con claridad en el funcionamiento de estos molinillos: si los aerogeneradores giran a una velocidad constante sé que ella no volverá esa noche. En cambio, si giran de manera irregular, deteniéndose a ratos, como a trompicones, puedo tranquilizarme, porque sólo será cuestión de esperar.

Ahora todo me huele a brisa y a mar. Me paso los dedos por el pelo y sonrío. Cautro molinos más se han detenido, y cinco de ellos voltean sus palas muy perezosamente. El viento mueve la hierba seca como un peine invisible, eterno y maternal. Hoy sé que volverá.

Regreso conduciendo lentamente. Sentado sobre la cama, mastico una tortilla de dos huevos -se pegó a la sartén y las partes quemadas me sabem a café-. Después me duermo sabiendo que no podré escucharla cuando llegue, porque no habrá portazos y porque sé que ella es extremadamente cuidadosa. Puedo ver cómo mete la lleve y la gira con dulzura; puedo ver cómo entra sigilosa y cómo cierra la puerta muy despacio, para no despertarme; puedo sentirla ya a mi lado, su olor profundo y húmedo, sus ojos de avellana que dormitan tras mi espalda.

Pero despierto y sólo veo una ausencia: su ausencia que me habla. No sopla el viento; todo está aquietado; el aire de la habitación late despacio como un pulso mórbido y enfermo.

La araña pende del techo sin que su hilo se balancee ni un solo milímetro. Tengo otra vez legañas en los ojos, el cuerpo agarrotado, el pelo sucio, una oreja -e ignoro por qué siempre es la misma- se me ha descolocado. Me duele ahí, en ese punto indeterminado entre la sien y el nacimiento del cabello; me duele la uña del dedo pequeño del pie izquierdo; me duele el corazón. La muy puta no ha vuelto. Y yo no sé, no puedo comprender, en qué ha fallado ahora mi teoría.

****

¿Recordáis el blog “El doctor Frankestein, supongo”  ¿Al escritor  Jesús Esnaola?

Sí, ¿verdad?  Pues teneís que pasaros por su bitácora, para leer su última creación.

Yo os dejo la antepenúltima, así no os aguo la sorpresa…

EQUILIBRIO (Jesús Esnaola en http://frankensteinsupongo.blogspot.com/ )

Pocas veces en la vida te encuentras a alguien tan odioso como el tío Braulio así que, mientras miro el velatorio a través del cristal, con todos los familiares y vecinos llorando sin ganas y alabando al viejo sin ninguna fe, me dan ganas de entrar y sacudirlos de las pecheras, de arrancarles de las manos los pañuelos sin usar. Pero al entrar en la sala me quedo parado, pendiente de las imágenes que me devuelven los cristales del tanatorio, los reflejos de los llorones que se vuelven personas alegres, sonrientes, el duelo de este lado convertido en celebración.

****

¿Estáis siguiendo el concurso de relatos en cadena organizado por la Cadena Sery Escuela de Escritores? ¿Quereís saber cómo va?

Os dejo los ganadores y finalistas  de las dos últimas semana (escuchado en Cadena Ser y “recogidos” los textos desde la página de web de Escuela de Escritores> http://www.escueladeescritores.com/relatos-en-cadena-2011 )

Semana del 16/9.  La palabra clave para comenzar el relato era “tachán”.

Ganador del 16/09, semana 2
Autor: Vicente Muñoz Pijuán
El exterminador

—¡Tachán! —dijo el asesino, y otras dos o tres se retorcieron moribundas en el suelo.
—¡Tachán! —repitió una y otra vez, y el hormiguero se llenó de caos y destrucción.
—¿Pero qué haces, hijo? —dijo mamá preocupada por la higiene (la mano que no usaba para el exterminio sostenía la merienda).
—Soy Dios mamá, y me llevo hormigas al cielo.
Mamá salió al patio vestida de luto, se sentó junto a él y le cogió por los hombros con los ojos húmedos.
—Déjate, hijo, déjate y merienda.
El niño la miró sin entender, remató sus últimas víctimas y dio otro bocado.

Finalistas del 16/09, semana 2
Autor: Miguel Barceló Sureda
La noche más divertida

“¡Tachán!”, gritó Marcelo, ante los ojos expectantes de Lucía. Recomponiéndose después del salto, se acercó y le acarició una mejilla con su manita. Hacía tiempo que no se lo pasaba tan bien cuando papá y mamá salían de noche. Siempre solía regañarle y se lo prohibía casi todo. Aquella noche era distinta. La canguro no le impedía hacer trastadas. Tampoco le regañaba. Cuando él despertó, la habían cubierto con una sábana como las de los fantasmas. Papá estaba muy nervioso y mamá lloraba. Un hombre decía palabras que Marcelo no lograba entender, como cardíaco. “Mamá, ¿por qué se la llevan?”

Autor: Marco Morcillo Martín
Final alternativo

¡¡Tachán!! Tronaban los platillos, y entonces el asesino debía hacer coincidir su disparo con el sonido, pero en aquella vieja película, James Stewart siempre lo evitaba. Deseó que el malo alcanzase su objetivo, y para su sorpresa, en el momento decisivo, de un tiro certero se cargaba al tipo del palco. Un poco asustado, pero en el fondo complacido, buscó Casablanca. La puso en el vídeo y en efecto, al final la Bergman se quedaba con Rick. Con una sonrisa lobuna en la cara rebuscó en el cajón. Por algún sitio debía haber algo del Coyote y ese maldito Correcaminos

Semana del 23/9. La palabra clave para comenzar el relato era “y dio otro bocado”.

Ganador del 23/09, semana 3
Autor: José Manuel Garrido Verdugo
Sucu Lento

Y dio otro bocado.
Y mientras masticaba, pensó si lo que hacía tenía sentido.
Y comenzó a contar, en sentido inverso, desde cien.
Y buscó sabores, puliendo cada milímetro de sus encías con la lengua.
Y sonrió a quienes, maniatados, se le acercaron.
Y anotó mentalmente en qué lugar de sus desnudeces mordería.
E incluso, sin que casi se notara, saludó a algunos moviendo la cabeza.
Y tragó, con la ayuda de un sorbo de vino.
Y pudo notar la tirantez de su estómago.
Y lo digirió todo.
Y se levantó.
Miró al horizonte y se fue, como los ángeles al caer el sol.

Finalistas del 23/09, semana 3
Autor: Francisco Javier Guillén Domínguez
De limón

Y dio otro bocado al bizcocho de limón preguntándose para qué demonios había dejado su mujer el matarratas sobre la encimera.
—Parece que la muy zorra tiene ganas de encontrarse mañana algún bicho muerto en la cocina. Ojalá sea gordo.

Autor: Alejandro Borrell Bas
Última voluntad

Y dio otro bocado, como si nada. Frente la ventana seguía observando. La gente se agolpaba en la calle justo debajo del balcón donde seguía la lluvia. No daban crédito. Eran de todos los colores y de todos los tamaños. Niños, viejos, hombres, mujeres, parados, solteros, casados, se apresuraban a coger el mayor número posible. No había problema. Había suficientes para todos porque la lluvia no cesaba y se hacía más intensa, si cabe. El cañón que los lanzaba a modo de aspersor, regaba de alegría a la muchedumbre. Siguió observando. En su último día, se sentía como Dios.

Mañana jueves se sabrá más. Por si os animáis a participar, nunca se sabe… :).

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Os dejo ya, que disfrutéis de este día, tanto si hacéis huelga como si no.

Miles de besos, Valeria.

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Autor: valeriatittarelli

Redactora freelance, community manager y bloguera. Investigación y generación de contenidos para redes sociales y blogs. Artículos, notas, reportajes.

2 pensamientos en ““No es fácil ser verde”

  1. buenísimos días y ya está. Huelgan comentarios, je,je,je, saludos, abrazos y besos, Julián Sánchez Caramazana

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  2. jajaja, sí, huelgan, huelgan!!

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