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Mi diario de a bordo

Sabor a verano

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¡Hola a todos!

Anoche nos volvimos a reunir en el Club de lectura y tuvimos el enorme placer de contar con el escritor Alejandro Pedregosa. Leímos los relatos que el verano pasado fueron publicados en la prensa del grupo Vocento. Todos, amenos, con sabor a verano y con asesinato de por medio …

Os dejo muestra fotográfica de la sesión de ayer y uno de los relatos de Alejandro.

¡Feliz puente! Besos mil, Valeria

    Alejandro dándonos detalles de la colección de realtos publicada.

         

   

 

EL MARIACHI

 

A Chavela Vargas, In memorian.

 

Mi padre fue un hombre sabio. Apenas tuve uso de razón ya me alumbraba con venerables enseñanzas: «Hijo mío, en este pueblo, por encima de todos las músicas preferimos las rancheras. Es por nuestro espíritu inmigrante, tenemos el corazón de ida y vuelta, y contra eso nada se puede. Olvídate de los pasodobles, eso gusta en la meseta pero no aquí. Nosotros somos de rancheras. De toda la vida».

Otro feliz consejo paterno tenía por protagonista a Rogelio el del molino: «Evítalo siempre que puedas, tiene la sangre podrida. Si te cruzas con él desvía la mirada al suelo, y sobre todo, ni se te ocurra acercarte a Adela. El muy bestia la está criando para esclava. Matará a quien venga a llevársela».

Adela era la hija de Rogelio y nadie, hasta ayer, vino nunca a llevársela porque Rogelio la tenía como de clausura. Vivían míseramente en un viejo caserío dos kilómetros monte arriba. Los domingos bajaban juntos a misa y esa era la única ocasión que tenía el pueblo para inventar los malvados chismes que alimentan el ocio de los perezosos. Esos mismos chismes aseguraban que Adela se quedaría para vestir santos, pues Rogelio no había permitido nunca, ni en los años inocentes de la infancia, que su hija acudiera a baile o fiesta patronal alguna, por miedo a que un mozo pudiera encapricharse de ella.

Pero ya lo decía mi padre: «cada cual fabrica su destino», y sucedió que anoche, sin que nadie se hubiera atrevido si quiera a imaginarlo, los destinos de Rogelio y de su hija vinieron a separarse definitivamente.

El pueblo lucía engalanado para celebrar la Virgen de agosto; el baile estaba a punto de abrirse y los bigotudos mariachis comenzaban ya a pulsar sus guitarrones, cuando una inesperada figura surgió en mitad de la plaza provocando el pasmo de las parejas abrazadas.

Adela estaba linda a pesar de su juventud marchita, vestía una camisa radiante de blanco algodón y un prendedor en el pelo que simulaba una mariposa. Caminaba como sonámbula hacia la tarima de los músicos. La gente le abría el paso y la observaba con ese respeto antiguo que provocan los aparecidos.

Los mariachis, ajenos al estupor que recorría la plaza, seguían su repertorio de apasionados romances y viles venganzas: «Ay, Jalisco no te rajes». Adela se situó a los pies de la tarima, a un metro escaso de donde yo me encontraba, es por eso que pude ver cómo el más fornido de los mariachis, el que llevaba el sombrero a la espalda, le lanzó una sonrisa de encriptado mensaje que la hizo sonrojar.

Los chismosos cuentan ahora que Adela y el mariachi se conocieron en las fiestas del año pasado, cuando él, de madrugada y borracho, se introdujo en el bosque y se perdió. Dicen que Adela, desde la ventana del caserío, vio cómo se lo tragaba la floresta y que acudió en su ayuda. Los más fabuladores cuentan que el mariachi la venció allí mismo y que, contra su costumbre de hombre errante, le declaró amor eterno.

Pero todo eso son patrañas de charlatanes. Yo estaba allí, al pie del escenario, y vi que la sonrisa del mariachi era una sonrisa nueva, sin pasado. Fue como si el bigotudo, de repente, hubiera descubierto todas las cosas buenas que aquella infeliz llevaba apelmazadas en el alma.

Un murmullo creciente fue ganando la plaza. Era Rogelio, el padre de Adela, que con pasos de titán se acercaba hasta su hija y la agarraba fieramente del brazo para devolverla al caserío.

Cuando el mariachi ordenó a sus compañeros que pararan la música la plaza recobró su silencio más remoto y original.

-Ya me está soltando a la hembra, jefecito.

Rogelio emitió un ronquido de incomprensión y volvió a violentar el brazo de su hija.

Y ahí se vio que el mariachi era hombre de pocas palabras porque, sin mediar más aviso, desenfundó las pistolas que le adornaban el disfraz (y que todos suponíamos de juguete) y descargó cuatro balas bien centradas en el tórax de Rogelio, que emitió un último ronquido hosco antes de desvanecerse.

A falta de caballos, los dos amantes emprendieron la escapada a pie, bosque adentro. Los mariachis, con renovado brío, se pusieron a pulsar sus guitarrones. En el aire de la noche pueblerina se podía escuchar: «Si Adelita se fuera con otro…».

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Autor: valeriatittarelli

Redactora freelance, community manager y bloguera. Investigación y generación de contenidos para redes sociales y blogs. Artículos, notas, reportajes.

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